La política en tiempos de ruptura

…si estamos hablando en serio de la ruptura del Estado neoliberal, no se condice que la pelea sea cuanto aumenta la pensión básica solidaria, el subsidio a la luz o el bono del ingreso mínimo mensual. Los ofertazos de dineros públicos para auxiliar a empresas que están a cargo de suministrar derechos sociales o servicios básicos, es equivalente a cuidar las utilidades de los privados, sin tocar la fibra de la estructura económica del país. Allí tenemos que aplicar el ideario socialista como alternativa a la ortodoxia economicista.

por Rodrigo Muñoz B.

Imagn / Draft Riots, New York, 1863. Ilustración.


Cuando ya superamos un mes al margen de nuestra antigua normalidad, mientras nos mantenemos en las calles de las distintas ciudades en protesta, y los partidos tratan de reponer su rol en el debate, parece que nos atraviesa a la izquierda chilena una súbita y fría herida.

No me refiero tan solo al problema que ha generado al interior del Frente Amplio la firma del acuerdo constitucional. Es parte del análisis, aunque no se podría negar que los vientos de quiebre son la expresión de cuestiones no solucionadas en el origen de esa coalición. Menos en el PS, donde parece haber satisfacción con lo suscrito, con matices sobre lo que faltó; ni tampoco en el PC, quienes parecen sostener una tesis publica de sumarse, pero algo distinto en sus discursos militantes.

Esa fractura gélida es sorprendente porque, pasando tantos días, hay tan poca comprensión de la excepcionalidad histórica en la que nos hallamos. Nuestros teóricos de la revolución jamás esperaron que ocurriera algo como una autentica revuelta social en esta larga y angosta franja de tierra, menos aún en el transcurso de la Republica neoliberal. Para que decir los antiguos dirigentes, que no tenían nada en su caja de herramientas para aplacar la rabia, salvo macanas policiales.

Pero no solo es eso, sino la evidencia empírica que nos ha dejado a los partidos fuera de juego. Esta insurrección se ha manifestado en una multiplicidad de actores, demandas, acciones y expresiones, con una fuerte carga sentimental y una consustancial violencia. En tiempos corrientes, uno entendería que le hace mal a un movimiento que la ciudad arda -tampoco es que sea deseable-, pero éste no es cualquier movimiento: es el surgimiento de una ruptura con el orden establecido, que ha redundado en una desacralización de los símbolos del poder -expresado en el no tener miedo-. Eso es algo que la izquierda chilena, influida por la cultura de la renovación socialista, no es capaz de procesar, porque no es parte de sus códigos.

A pesar que varios la caracterizan erróneamente como inorgánica -ya que hay organizaciones estudiantiles, feministas, sindicales, comunitarias, territoriales, de salud, incluso de barras, que tienen unidades propias-, esta movilización tiene otra orgánica, que ni siquiera la mesa de Unidad Social la reúne, sino que es transversal, protagonizada por jóvenes -no por ello es una disputa generacional-, consecuencia de luchas que vienen desde 2006, con el movimiento pingüino, continuado el 2011, sumando la rebeldía feminista y la conciencia del cambio climático, que reflejan los dramas de nuestra estructura social, una altísima politización y la formación de espacios autónomos en cabildos o asambleas.

Todo esto tiene su propio proceso. La defensa a los derechos humanos no estaba presente al inicio, tampoco la idea de una nueva Constitución, o la renuncia del Presidente. De la misma manera, quedaron atrás los reclamos por el costo del transporte, los servicios públicos y las carreteras, mientras parecen volver las demandas irresolutas: aborto libre, fin a AFP’s, salud digna, nacionalización del agua, zonas de sacrificio, endeudamiento estudiantil. Por ello, la conducción política se hace difícil de asir, con una velocidad de contenidos que van cambiando por sí mismos, lo que también contradice la supuesta frivolidad o pulsión millenial que tendría este movimiento.

Ahora, a pesar que no hay mejor motivación para cualquier oligarquía para pactar un nuevo acuerdo social que el temor al quiebre del peso de la noche, ese fastidioso mantra centralista y autoritario, acuñado por Portales, es estratégicamente difícil de ser superado en este contexto.

Por un lado, tenemos lo que está ocurriendo en las calles, donde no estamos ante la rutina ni la cotidianeidad de los paros de funcionarios públicos o de las marchas estudiantiles, sino frente a un estallido social en su esplendor, que, como tal, genera miles de esquirlas ante una masividad pluriclasista -aunque especialmente popular- ausente de voceros, lideres o estructura conocida, y que parece no calmar ante los anuncios institucionales. Además, a eso se añade que, si las posturas han cambiado sustancialmente en el espectro político, ha sido a partir del desanude de la violencia de este movimiento, no necesariamente por la masividad o la creatividad o el apalancamiento.

Y, por otro, es evidente que tenemos un gobierno sin liderazgo ni claridad a esta altura. No estamos frente a una crisis de gabinete donde la salida de ministros descomprime el ambiente, o de la urgencia de más recursos en la ley de presupuesto en el Congreso. El hecho que el Presidente haya considerado nuevamente decretar estado de excepción, que los militares se hayan negado porque esto no era un problema de seguridad sino político, que le hayan exigido como condición garantías y que hubiera un ultimátum para llegar a un acuerdo constitucional en horas, evidencian que no sólo estamos desafiando a la derecha política en una negociación, sino que están actuando los poderes fácticos en esta deliberación pública y que la irresponsabilidad de Piñera nos está llevando a la frontera de la democracia.

Para peor, el surgimiento del estallido social nos pilló en la izquierda en la situación más mala en décadas: dividida en varias coaliciones, con sindicatos de bajísima participación, una estructura estudiantil irrelevante, con la inmovilidad culposa de los partidos tradicionales y la incapacidad por inexperiencia de los partidos nuevos, a lo que se une una falta de interés en unir visiones -a pesar de ser semejantes, se necesitaba “espacio para seguir creciendo” (sic)-, nos ha dejado bastante al margen de lo que se debate en el país.

En resumen: no tenemos a la calle de nuestro lado, no tenemos un factor que equipare las fuerzas, no estamos organizados política y socialmente, y quien lidera el país nos esta llevando a una intervención militar… exactamente lo que ocurrió en anteriores procesos de ruptura.

Que el líder de los empresarios, el nuevo ministro de Hacienda, o algunos congresistas de RN, tengan respuestas más cercanas a la solución, en torno a generar un nuevo pacto social, de avanzar hacia una nueva Constitución, de realizar acuerdos transversales, a abrirse a reconocer que sus críticas el pasado eran exageraciones, de alcanzar una paz social a costo de los ricos, se diferencian mucho de la pretensión de arrogarse los discursos y de valorar los portazos al diálogo de los nuevos partidos de izquierda; así como de la ansiedad de entregar peticiones y negociar de las viejas formaciones progresistas.

Nos debería doler que Desbordes sea el máximo articulador y que haya ocurrido exactamente lo que propuso en un inicio en el acuerdo constitucional (salida política, apertura a plebiscito, sin temor a asamblea constituyente), que este hablando de un sistema de pensiones con reparto y de plan universal de salud, evidenciando nuestra confusión en el cuadro político. Con las ideas que enarbolamos, es nuestro Bismarck post-neoliberal quien marca el compás.

El estallido social sin duda que pone contra las cuerdas a la derecha, que hoy conduce el gobierno, pero también arrincona a la izquierda en la consecuencia con su ideario en los últimos 30 años -algo sobre lo cual Carlos Ruiz (Ruiz, 2019)1 ha escrito prístinamente en su última publicación-, y en la claridad de sus planteos para los siguientes tres décadas -en un contexto latinoamericano borroso con la vuelta del progresismo luego de la ola conservadora-. Por algo la movilización también es contra nosotros.

Ciertamente no basta, ni en los diagnósticos ni en los remedios, con lo que hemos dicho. Ya se ha mostrado un camino correcto en esta misma Revista en el tema constitucional. Sin embargo, la falta de pasión es perpendicular, teniendo una pulsión por la moderación, el republicanismo y la institucionalidad que, ante una movilización popular que justamente cuestiona eso, no nos coloca dentro del juego. La nueva Constitución es un avance histórico, pero el pueblo no va a comer de eso en los siguientes dos años.

En ese sentido, si estamos hablando en serio de la ruptura del Estado neoliberal, no se condice que la pelea sea cuanto aumenta la pensión básica solidaria, el subsidio a la luz o el bono del ingreso mínimo mensual. Los ofertazos de dineros públicos para auxiliar a empresas que están a cargo de suministrar derechos sociales o servicios básicos, es equivalente a cuidar las utilidades de los privados, sin tocar la fibra de la estructura económica del país. Allí tenemos que aplicar el ideario socialista como alternativa a la ortodoxia economicista.

A largo plazo, bajo nuestros prismas marxianos, es necesario cuestionar la estructura económica de Chile, no solo en la tosquedad de la explotación de recursos naturales, sino en cómo cortar los circuitos que han generado los principales grupos de poder y desde allí dinamitar las bases neoliberales de nuestro país. Una nueva estrategia de desarrollo y las apuestas productivas que se abran a los privados, en diálogo con el Estado y en pacto con los sindicatos y comunidades, son fundamentales.

La consabida desigualdad no es efecto tan solo del Estado, sino de cómo se ha armado nuestra sociedad. Necesitamos una reforma tributaria profundamente progresiva para que la desigualdad no aumente o la deje igual después del pago de tributos, con el fin de financiar parte de los programas sociales y políticas estructurales. Pero más relevante que eso, requerimos que los empleadores empiecen a ponerse más con los trabajadores en sus sueldos, salud y pensiones. Ojalá eso naciera del diálogo directo entre gremios y sindicatos, dado que el gobierno de Piñera se empeña en ser un problema más que una solución. En resumen, romper la concentración económica y combatir la desigualdad salarial, algo que el joven Ricardo Lagos dijo en su tiempo.

Dar un encausamiento a la rabia desatada en estos días requiere que al menos este coordinado lo político. No vamos a pedir una estrategia unida -eso sería un llamado imposible -, pero sí es ineludible que los pocos lideres (y las aún menos lideresas) creíbles que tiene el progresismo chileno, saquen a relucir sus virtudes y les cuidemos.

La derecha trabaja y vota en bloque, da lo mismo si son conservadores, liberales, socialcristianos o populistas. Como herederos de Allende, tenemos que saber que los riesgos son reales: democracia hoy, socialismo mañana.

Notas.

1 Ruiz, Carlos. “La política en el neoliberalismo. Experiencias latinoamericanas”. (Santiago: Lom Ediciones, 2019).

Rodrigo Muñoz B.
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Vicepresidente de la Juventud Socialista de Chile, abogado.