“Un día, allá por el fin del mundo”, de Nora Strejilevich

Cada proyecto de la protagonista termina en un fracaso: el proyecto de la familia de clase media argentina, el proyecto del amor, el proyecto de establecerse en un Kibbutz, el proyecto del viaje de aprendizaje; incluso el proyecto de establecerse definitivamente en Santiago fracasa por problemas con las transferencias de dinero para comprar un apartamento. Al final sabemos que los proyectos fracasaban porque todavía no se había concretado el primero de todos, el de la Justicia.

 

por Carlos Alcalde

Imagen / Fuente: Wikimedia


Nora Strejilevich. Un día, allá por el fin del mundo. Santiago, LOM Ediciones, 2019 (229 páginas)

 

Es extraño escribir sobre este libro. Cuando lo comencé a leer, antes de las protestas de octubre 2019, todavía vivíamos en el purgatorio neoliberal, ese laberinto donde todas nuestras esperanzas por una vida más feliz topaban con el abismo de la indiferencia tecnócrata, que en realidad es la máscara de la codicia ilimitada. Ahora no sabemos si lo que tenemos delante es una luz, o más de lo mismo, pero al menos hay algo diferente.

El libro de Nora Strejilevich retrata este purgatorio. Como en Los detectives salvajes, de Bolaño, se trata de una búsqueda que en realidad es una fuga.

Al comienzo del libro nos enteramos de que el estado del terror de la dictadura Argentina ha matado, directa o indirectamente, a toda la familia de la protagonista. Es esta protagonista, la misma autora del libro, la que luego recorre el mundo entero en una especie de diario del “fin de la historia”. En estos años oscuros, las enseñanzas sobre eficiencia en el trabajo que los nazis obtuvieron en Sachsenhausen, lejos de ser repudiadas, se hacen universales. Los campos de trabajo forzado, impulsados por la propaganda neoliberal, rompen sus paredes y conquistan todo el espacio sobre la Tierra. Conquistan nuestra vida privada. Este es el período en que transcurre el libro. Un período en que pertenecer a un sindicato es visto con sospecha y puede demorar la obtención de un tan preciado pasaporte.

Todos los países tienen algo que aportar en el destino kafkiano en que se sumergió la humanidad a partir de los años ochenta: el Israel de 1979 recibe con los brazos abiertos a miembros de la dictadura Argentina; Canadá mira con recelo a los refugiados, a pesar de que se dice a sí misma un canon de la civilización. En las calles de Italia y Holanda aparece el fantasma del hermano asesinado por la dictadura, como quejándose de tanta frivolidad. Estados Unidos de los noventa da pequeñas muestras de lo que está por venir y de lo que irremediablemente es: un pozo del racismo y de la desesperanza. En la Sudáfrica de 1989 los años horribles de la Apartheid están recién empezando a terminar.

Cada proyecto de la protagonista termina en un fracaso: el proyecto de la familia de clase media argentina, el proyecto del amor, el proyecto de establecerse en un Kibbutz, el proyecto del viaje de aprendizaje; incluso el proyecto de establecerse definitivamente en Santiago fracasa por problemas con las transferencias de dinero para comprar un apartamento. Al final sabemos que los proyectos fracasaban porque todavía no se había concretado el primero de todos, el de la Justicia.

Lo único seguro, entonces, es la precariedad: la precariedad de una escritora/académica/refugiada, pero que ante todo es una persona herida, que no puede asentarse, porque le ha sido denegado para siempre el permiso de asentarse, por una dictadura cruel y opresiva. Junto a la narradora nos damos cuenta de que la vida entera en esos años terribles se transforma en una dictadura: la dictadura del dinero. Una Facultad de Letras de la Universidad de San Diego, famosa por su libertad, se transforma en un Gulag en manos de un nuevo rector economista.

Después de que pase un tiempo y las estadísticas acerca del extraordinario bienestar material se pudran en los mismos vertederos donde se acumula esa materialidad tóxica, definiremos estos años, aquellos del triunfo incontestable de la codicia, como el período más oscuro que hayamos vivido como humanidad. La arbitrariedad, la sospecha, el desarraigo son los ingredientes fundamentales de esta época y recorren todas las páginas del libro.

Si en otra reseña escribíamos sobre la vuelta a la narración de Leskov, la forma en que se escriben estos años de depresión colectiva es la de una acumulación textual compulsiva para describir la acumulación de fracasos que compone una vida destruida por el dios pestilente del mercado.

Carlos Alcalde
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Escritor, vive en Ámsterdam (NL) con su familia.