Un Chile Intercultural: Diversas razones para abrir el debate

La interculturalidad propone sentarnos a la mesa no sólo reconociéndonos desde una humanidad particular, sino para dialogar en igualdad de condiciones, sin estereotipos de género, de disidencia sexual, origen migratorio o abiertamente algún fenotipo. Bajo este paradigma, la interculturalidad no ve la diversidad como un obstáculo, sino como un espacio donde se está construyendo diariamente el país. Cualquier tipo de discriminación a cualquiera de estos grupos, es ponerlos en una situación de inferioridad en relación a otras culturas e identidades. Por ende, la interculturalidad es antirracista, antisexista, antixenófoba y anticlasista.

por Rodrigo Mallea y Leonardo Jofré

Imagen / Marcha mapuche, 29 de octubre 2019, Concepción, Chile. Fotografía de Tomás Flores Saavedra.


El 18 de octubre de 2019 fue un tremendo catalizador, no sólo del malestar de la ciudadanía sino también de las diversas demandas de los pueblos de Chile que la política tanto de derechas como de centro-izquierda-concertacionista obtusamente se negaron a enfrentar. Para algunes, este periodo histórico quedó congelado por la pandemia. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer uno de los mayores legados que nos dejó esta movilización popular: un profundo cambio cultural.

Una de sus mayores manifestaciones –que fue la vanguardia de este cambio de época y que nos enrostró lo que estaba ocurriendo soterradamente– fue aquel hermoso movimiento Feminista del 2018, siendo la primera manifestación clara de la impugnación valórica con una nueva moral social, los cuales contrastaban drásticamente con los valores consensuados e impuestos por los sectores más conservadores post gobiernos concertación y de la derecha en el Chile neoliberal.

Esta posibilidad histórica nos permite debatir sobre qué tipo de país deseamos en el futuro. Nos obliga a considerar todas aquellas demandas de transformaciones visibles, aquellas que se encuentran soterradas y que sin duda serán parte de este nuevo Chile, y también todas aquellas que son justas, y por ende necesarias. Allí nuestro deber es ponerlas en la palestra de forma táctica, no para cumplir, sino para conquistarlas.

Hablamos del imperativo moral de abrir el espacio para las diversas expresiones culturales e identitarias de este nuevo Chile. Estar integrados sin perder nuestra identidad, integrarnos sin caer en la asimilación de nadie. No por una mera moda, sino porque es el momento de aprender a convivir en un mismo país y que éste realmente sea para todes, donde logremos identificarnos con él. Como bien lo dice Pedro Cayuqueo, habitemos todos en esa “Ruca llamada Chile”. El desafío de la convivencia democrática y en condiciones de simetría, es una de las obligaciones de esta generación política que ha basado su discurso ya no sólo en la igualdad material, sino el de poner fin a toda forma de opresión.

Estos valores cuestionados no sólo han sido impulsados desde el Chile neoliberal, pues tienen una sedimentación política de larga data. Un Estado que se constituyó desde sus orígenes como una sociedad clasista, monocultural, cis-heterosexual, patriarcal y racista, pensada desde la imagen de un ideario europeo ajeno a nuestra propia realidad, pero que implementó en el plano subjetivo una realidad vertical de vernos: el chileno por sobre el extranjero latinoamericano, el chileno no mestizo como superior al perteneciente a un pueblo originario, tribal o afrodescendiente.

Todos los aspectos ya mencionados son parte irreductible –al menos en el ideario colectivo constituyente– del Chile pre 18 de octubre, un Chile abiertamente monocultural, que durante siglos educó a su ciudadanía para buscar las más ligeras diferenciaciones como la piel, el modo de hablar, el aspecto o el origen y utilizarlas como fuente para justificar la discriminación. Esos factores básicos son los que culturalmente nos han enseñado, tanto en las escuelas como en nuestras familias, siendo muchas veces los argumentos que se han utilizado para avalar discriminaciones más visiblemente hacia el pueblo mapuche o los migrantes haitianos o venezolanos.

Una sociedad monocultural es construida políticamente en el sentido que los grupos que gobiernan deciden qué rasgos culturales o identitarios son los aptos para ser considerados como lo chileno. Todo aquello que vaya en contra de este discurso impulsado es automáticamente aislado, impedido de ser parte del debate sobre lo que debemos ser como sociedad, es abiertamente ignorado y llegando en los casos más extremos a criminalizarlos, expulsarlos e inclusive hacerlos desaparecer.

Pero decíamos que ese agónico Estado monocultural es al menos aparentemente pasado. Tan claro como que el Chile post revuelta se levantó desde banderas de inclusión que visibilizó las realidades que habitan nuestro territorio, es que en la actualidad vivimos una grave crisis migratoria que vuelve a poner a la xenofobia en el centro del debate. Recordemos que hace menos de un mes atrás, un grupo de chilenos decidió quemar las pertenencias de familias venezolanas en Iquique por asentarse en el espacio público. Los noticieros internacionales tildaban el hecho como un ataque xenófobo, ataque que fue cultivado por la inacción de este gobierno ante la crisis. Aquel trato brindado a las familias venezolanas, hacia aquellos extranjeros, no es del todo distinto al trato que como sociedad chilena solíamos brindar a los migrantes mapuche, que desde la década de 1930 comenzaron una fuerte migración interna a las grandes ciudades para poder sobrevivir. En la búsqueda de oportunidades se ubicaban en las poblaciones más modestas en la periferia de la ciudad, obteniendo los empleos peor pagados que ningún chileno estaba dispuesto a ocupar. Su condición de sujetos campesinos, pobres y mapuche los situó en el estrato más bajo de las clases sociales al interior de las poblaciones, donde eran blanco constante de violencia en los barrios. Ya lo comenta Marta Lefimil, al recordar su llegada a la ciudad en los 60: “El choque fue tremendo cuando llegamos a la ciudad, me acuerdo que nos agredían en plena calle, era una cosa tremenda, yo la sufrí harto: criticaban mi pelo, mis ojos. Si veníamos con zuecos nos decían ‘indias con zuecos’, si veníamos descalzas nos decían ‘indias a pata pelá’. Tuvimos además la mala suerte de llegar a una población muy modesta. Era nuestra condición”.

La experiencia migratoria mapuche nos entrega claridad de primera mano: cómo actúan aquellos valores transmitidos desde una sociedad monocultural que ve negativamente aquella necesaria diferencia cultural e identitaria. Es una realidad histórica y material, donde aquellos mapuche para poder sobrevivir debían asimilarse a la sociedad chilena, lo que implicó en la realidad dejar de hablar el mapudungún en los espacios públicos, la no-enseñanza ancestral de la cultura mapuche para evitar la discriminación a descendentes, dejar de vestir la vestimenta típica e incluso la pérdida de nombres y apellidos.

Hoy aquello se cruza con la política demagógica de derechas que entiende perfectamente que el poder está no en lo discursivo ni estético, sino en el Estado. Con el afán de llegar al poder, vuelve a generar una política del enemigo: el problema de Chile es la migración, pues atenta contra los derechos de los chilenos. Con ello, trastoca las posibilidades de ese citado nuevo Chile, pues pone la crisis como un problema de personas y no de derechos, sitúa el problema en una otredad y no en el modelo de Estado. El diagnóstico es sencillo pero la respuesta a ello no es fácil: ¿cómo cohabitar la justicia social e inclusiva de nuestro discurso y programa con la no apariencia de abandono a la clase trabajadora?

La urgencia de la valoración sobre la diversidad cultural e identitaria en Chile nos obliga a pensar en otras posibilidades políticas de organización, que necesariamente reconozcan esas identidades y entreguen las posibilidades de un diálogo fructífero para enriquecer esa idea de lo que conocemos por Chile. Aquella integración, nos obliga a reconocernos en la diversidad y brindar un valor a esa diferencia. En este ejercicio, la transición hacia una sociedad intercultural es inevitable, mas no la certeza de cómo viviremos el proceso. Pero para ello, aclaremos algunas ideas claves para entender nuestra propuesta.

La interculturalidad como discurso nace justamente en la época de crisis de los grandes metarrelatos propios de la sociedad moderna decimonónica, la cual imponía una visión homogeneizadora y que pretendía establecer la universalidad de los saberes. Al evidenciar la crisis en los ‘70 y ‘80 de este intento de ver la realidad desde una sola óptica, se inicia un fuerte debate sobre la crisis de éstos metarrelatos, dando punto de inicio a la postmodernidad, la cual buscaba explicar aquellas realidades, reconociendo la multiplicidad de miradas desde una subjetividad identitaria, por ende, todos los metarrelatos del siglo XIX son puestos en tela de juicio. La interculturalidad nace en el contexto de la necesidad de reconocer aquella diversidad, sin sacrificar su especificidad.

Considerando su punto de origen, la interculturalidad busca como propuesta eliminar cualquier forma de discriminación hacia las distintas culturas e identidades, ya que la discriminación cultural o institucional impide cualquier tipo de posible diálogo en igualdad de condiciones entre todas ellas (indígenas, afrodescendientes, mestizos, género, disidencia sexual, migrantes, etc). Aquel diálogo no busca el mero reconocimiento instrumental de aquellas culturas o identidades confluyentes en la multiculturalidad, sino su abierta integración a la sociedad desde su especificidad cultural e identitaria. Este punto es quizás uno de los más relevantes, ya que una sociedad desde un enfoque intercultural promueve la valoración y el reconocimiento real de esas culturas, e instala un reconocimiento positivo de éstas, promoviendo su riqueza, especificidad y reconociendo su contribución al colectivo.

Allí existe un primer gran desafío: hacerlo con las diversidades étnicas, racionales y nacionales, y no suplantarles en su forma y fondo. No diremos que tenemos que tomar un rol secundario, pues la materialidad debe ser siempre base del análisis, y hoy –al menos en lo concerniente a las disputas migratorias– se requiere de horizontalidad, acompañamiento y empuje desde las izquierdas, pero por sobre todo que tomemos como desafío urgente la necesidad de potenciar su organización.

Hoy la temática de la migración se ha apoderado del debate presidencial, y si bien se ha centrado en la migración irregular de familias venezolanas a través de pasos no habilitados (que oculta un drama detrás clarísimo de tráfico de migrantes, frente al cual nuestro Estado ha decidido vendar sus ojos), lo cierto es que hay una gran cantidad de población migrante que desde hace años ya se encuentra inserta en la sociedad chilena. Se estima que alrededor de un 7% del padrón electoral es de población migrante que ya está en la posibilidad de ejercer sus derechos a la ciudadanía. Sin embargo, este proceso de inserción paulatina está lejos de tener un enfoque intercultural. Sigue siendo un desafío promover un ejercicio de real integración por parte de los gobiernos nacionales, regionales y comunales, sobre estos vecinos que están asentados hace tiempo en nuestras ciudades y barrios.

Allí creemos que existe otra clave: el cómo se trabaja la temática migratoria desde los gobiernos locales y regionales. La comuna es el primer espacio político determinado de desenvolvimiento de realidades, y es la primera asimilación directa del Estado en la vida de las personas. Una reforma legal es urgente en la materia, para que no dependa –en el caso migratorio, por ejemplo– de un Servicio Nacional de Migraciones lo concerniente a trámites de visaciones, sino que aquello responda a una política descentralizada. Lo mismo con un Plan Nacional de Derechos Humanos que entregue políticas públicas interculturales para los servicios de salud primaria y de educación básica y media, como también para los planes y programas municipales y regionales.

En la actualidad, aspirar a una sociedad intercultural, requiere necesariamente que evaluemos lo que conocemos por lo chileno. Esto implica aceptar otras miradas que se tengan respecto de la chilenidad, por ejemplo, la de los pueblos indígenas ¿Se puede ser mapuche y chileno a la vez? En nuestra visión, transitar hacia una sociedad intercultural no significa optar por uno u lo otro, podemos ser mucho y convivir con las distintas herencias culturales e identitarias en armonía e igualdad en la diferencia. Hacer de Chile un país más rico, y esa riqueza dice relación con escuchar que debemos decirnos.

Un ejemplo en esta dirección, ya está ocurriendo en Chile hace tiempo sobre la importancia de aceptación de las culturas diversas a la chilena. Este caso lo representa el futbolista chileno Jean Beausejour Coliqueo, hijo de una madre chilena de origen mapuche y de un padre de nacionalidad haitiana, quien ha tenido la capacidad de aceptar sus dos mundos al interior de esa chilenidad que se vio enriquecida por ambas biografías. Así lo recuerda él, ante su origen: “Es raro, porque lo que más aflora en mí es el haitiano, y yo, sin querer esconderlo –siempre digo que tengo la fortuna de pertenecer a dos pueblos muy revolucionarios, el haitiano, que fue la primera colonia en independizarse de Francia, y el mapuche, pueblo que nunca fue conquistado por ninguna colonia extranjera–, llevé más bien el orgullo de ser mapuche”.

El problema es el canon por el cual se acepta y no integra: por el éxito futbolístico, es decir, por una métrica de rendimiento y conveniencia, no por la existencia per se. En el fondo, y esto ocurre transversalmente con la migración, se utilizan criterios de mercado para aceptar.

Por último, creemos que para combatir lo anterior, debemos transitar hacia una política de la diferencia. La disputa de la hegemonía bajo el plano simple de la igualdad oculta las contradicciones que se dan más allá de la clase, y de las cuales nos hemos extendido latamente. La determinación de esa diferencia y la enunciación expresa de categorías de no discriminación por géneros, etnias u orientación sexual (como ejemplos) no sólo protege, sino que interpela: reconoce la existencia real y política de otres por fuera de la norma social histórica. Ese tránsito debe ser legal, social y político.

Así, y ante los cambios que se encuentra viviendo Chile, la interculturalidad no sólo nos invita a reconocer y valorar la diferencia. Va más allá de lo que pensamos, en el sentido de que, como propuesta política, busca eliminar cualquier fuente de discriminación que plantee relaciones asimétricas entre integrantes de la sociedad. Este punto es quizás clave, en el sentido que la interculturalidad propone sentarnos a la mesa no sólo reconociéndonos desde una humanidad particular, sino para dialogar en igualdad de condiciones, sin estereotipos de género, de disidencia sexual, origen migratorio o abiertamente algún fenotipo. Bajo este paradigma, la interculturalidad no ve la diversidad como un obstáculo, sino como un espacio donde se está construyendo diariamente el país. Cualquier tipo de discriminación a cualquiera de estos grupos, es ponerlos en una situación de inferioridad en relación a otras culturas e identidades. Por ende, la interculturalidad es antirracista, antisexista, antixenófoba y anticlasista.

Rodrigo Mallea
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Candidato a diputado por el Distrito 9. Abogado e integrante del Comité Central de Convergencia Social.

Leonardo Jofré
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Candidato a CORE por Conchalí, Huechuraba, Pudahuel, Quilicura y Renca. Abogado, integrante del Comité Central de Convergencia Social.