Eugenia Palieraki, historiadora: “Sentirse preso de dos opciones, ambas insatisfactorias y posiblemente destructoras, es renunciar a la imaginación política”

“Lo que merece la pena ser señalado es que durante la Guerra Fría y por fuera de las organizaciones internacionales o los jefes de Estado, la convicción de que era posible proponer vías alternativas y propias se arraigó entre intelectuales, científicos, militantes y amplios sectores sociales. Y esta convicción creó las condiciones de posibilidad para que emergieran ideas políticas y también acciones que buscaban romper con la bipolaridad del período. Porque sentirse preso de dos opciones, ambas insatisfactorias y posiblemente destructoras, es renunciar a la imaginación política y de la misma manera a la acción. Por el contrario, pensar en la posibilidad de caminos diferentes es ya imaginar esos caminos, es crear las condiciones de una acción emancipadora y no condicionada por emociones como la desesperación, la frustración y sobre todo el miedo”.

por Andrés Estefane

Imagen / Estampilla conmemorativa de los 50 años de la conferencia de Bandung de 1955, Indonesia. Fuente.


Tras escribir un libro ineludible sobre el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años sesenta, LOM, 2014), la historiadora Eugenia Palieraki se propuso estudiar el “tercer mundo”, un concepto de posguerra generoso en relieves y presto a diversos usos que sirvió para pensar el problema de la emancipación entre quienes buscaron superar los estrechamientos impuestos por el binarismo de la Guerra Fría. En esta breve conversación con ROSA, Palieraki ofrece varias pistas para comprender la trayectoria de ese concepto, cuya complejidad interroga frontalmente a las izquierdas contemporáneas y su falta de imaginación ante amenazas globales que instalan nuevas formas de binarismos.

 

ROSA: ¿Qué lugar ocupó el “tercermundismo” en el marco político e intelectual de la Guerra Fría?

Eugenia Palieraki: Empiezo con una aclaración. En mi investigación evito utilizar el concepto de “tercermundismo”, porque sobreentiende la presencia de una ideología o una doctrina coherente a la que los actores de la Guerra Fría adherían y con la que se identificaban. Al contrario de apelativos como “marxista”, “socialista”, “comunista”, etc., ningún dirigente político o militante se autodefinía como “tercermundista”. Este concepto nace con el auge de los estudios poscoloniales que postulan la existencia de una ideología común al entonces llamado tercer mundo, ideología revolucionaria o emancipadora que apuntaba a la liberación de esa región, que sería para el orden mundial lo equivalente al proletariado.

Más bien opto por acercarme al tercer mundo no como un espacio geográfico objetivo ni como el objeto de una ideología o como un sujeto revolucionario, sino como una categoría de pensamiento político de la posguerra, utilizado por una multitud de actores políticos y sociales que le atribuían sentidos, definiciones y características diversos. Para algunos el tercer mundo se identificaba con el mundo afroasiático, para otros incluía también América Latina y/o Oceanía. Para otros podía incluso designar partes de Europa y proyectarse sobre Estados Unidos. Para unos era sinónimo de pobreza y subdesarrollo, mientras que para otros de revolución. Ahora bien, lo interesante es lo que estas definiciones tienen en común: el esfuerzo por describir, descubrir o imaginar espacios geográficos, políticos o sociales que rompan con la concepción binaria y bipolar del mundo característica de la Guerra Fría. En otras palabras, se trata de diferentes intentos para imaginar terceras vías, diferentes a las que a menudo eran pensadas o presentadas como las dos únicas formas ideológicas, políticas, económicas, sociales posibles, opuestas entre sí, incompatibles entre sí, y ante las cuales la humanidad era llamada a elegir. Cuando era utilizado como identidad positiva, el concepto de tercer mundo remitía más bien al rechazo de la idea de un modelo importado, y a la defensa de la idea o la búsqueda de un modelo político propio.

 

RS: Asumiendo esa diversidad de definiciones y sentidos, ¿cuáles fueron los referentes o las fuentes que dieron forma a esta categoría? La pregunta se impone a partir de los múltiples elementos que aquí confluyen: continentes con formaciones históricas distintas, imaginarios revolucionarios y retóricas desarrollistas, promesas emancipatorias internacionalistas, pero también con anclaje nacional…

EP: El concepto nace en francés en el texto de un demógrafo, Alfred Sauvy, nostálgico del imperio colonial galo, y por ello portador de una mirada que menosprecia al conjunto de países y territorios que él llama “tercer mundo”. Sauvy insiste, por ejemplo, en la crisis demográfica causada por la alta natalidad del tercer mundo y por su “subdesarrollo” económico. Pero al mismo tiempo el concepto de Sauvy subraya el potencial revolucionario del tercer mundo, rasgo que Sauvy no valora, sino que teme. Es esta asociación entre “revolución” y “tercer mundo” lo que contribuye al éxito del concepto. Los dos autores que más lo difunden fuera de Francia son Jean-Paul Sartre y Frantz Fanon. La difusión y resignificación del concepto tiene que ser también entendida dentro del contexto global de la posguerra, en el que las naciones recientemente descolonizadas o en vías de serlo que se reunieron en Bandung –India entre ellas, que ocupa un lugar central– piensan su lugar y rol en el mundo como una tercera vía entre el capitalismo, a menudo sinónimo no solo de Estados Unidos, sino también de colonialismo europeo, y el socialismo soviético. Una preocupación mayor de estas naciones, aparte del temor a no lograr romper con la dependencia colonial después de declararse independientes, era la posibilidad de una guerra nuclear entre las grandes potencias.

En América Latina, el concepto conoce mayor difusión y apropiación por actores sociales y políticos muy diversos. Este relativo éxito se explica, entre otras cosas, por ciertas experiencias históricas –los imperialismos ibéricos, y luego la hegemonía estadounidense– que facilitan la identificación con el mundo afroasiático, mundo para el que el concepto fue inicialmente utilizado sin incluir América Latina.

 

RS: ¿Cuál sería –si cabe– la actualidad de la apropiación latinoamericana del concepto en el contexto de las tensiones que abre y seguirá abriendo la guerra en Ucrania? Varios de los puntos que mencionas resultan inquietantemente contemporáneos: la necesidad para las periferias de definir una posición propia frente a las nuevas amenazas imperiales, la posibilidad de una guerra nuclear, el estrechamiento de las alternativas para una soberanía sustantiva…

EP: Resulta siempre complejo comparar contextos espaciales y temporales tan distantes. También lo es pensar el tiempo presente a la luz del pasado. Pero también puede resultar útil por no decir necesario, al menos en períodos de crisis e incertidumbre extrema. No para sacar lecciones del pasado y aplicarlas al presente, sino para conseguir un distanciamiento crítico mayor respecto al momento presente que, sin negar su especificidad constitutiva, permita romper con posiciones esquemáticas, con encuadres binarios, con falsos dilemas.

El concepto de “tercer mundo” y la gran variedad de actores políticos y sociales que con él se identificaron, planteaba como necesidad apremiante, sobre todo a partir de los años sesenta, reivindicar el derecho a posicionarse política, económica, cultural e ideológicamente en disidencia con respecto a los dos principales campos de la Guerra Fría, cuestionando la supuesta inevitabilidad del alineamiento con uno u otro. Posicionarse en disidencia y trazar una vía propia o una tercera vía implicaba, en primer lugar, cuestionar el derecho y por cierto la capacidad de las grandes potencias para dirigir y determinar el orden mundial. La amenaza nuclear fue un tema central en las conferencias internacionales de la organización afroasiática de solidaridad o de los no alineados, y eras recurrentes las declaraciones que acusaban el carácter irracional y los peligros que comportaba para la supervivencia de la humanidad el enfrentamiento entre las grandes potencias. En el marco del proceso de descolonización, estas consideraciones también constituían una inversión del argumento que hasta entonces servía para justificar la colonización: la supuesta incapacidad de los pueblos colonizados para autogobernarse. En la posguerra, eran estos mismos pueblos los que cuestionaban la capacidad de las grandes potencias para administrar y gobernar el mundo.

La noción de tercer mundo remitía también al derecho a no encerrarse en el dilema “Estados Unidos o Unión Soviética”, reivindicando la agencia, la capacidad de acción de los países que no formaban parte ni de un campo ni del otro (al menos no como miembros de una de las dos alianzas militares) y reivindicando también su capacidad de imaginar un orden global más pacífico, más igualitario y justo que el propuesto por las grandes potencias.

Esta tercera vía –adaptada y pensada en función de cada contexto local– tenía como objetivo reforzar la soberanía política, económica y cultural, no a través de la afirmación de una identidad nacional excluyente de los demás, sino como parte de una comunidad de naciones que buscaban alternativas a los dos grandes modelos políticos, socioeconómicos e ideológicos de la época, negándose a verlo como las únicas opciones posibles y cuestionando el supuesto pragmatismo de quienes defendían una visión “campista” del periodo.

 

RS: Parece que hemos perdido de vista esa búsqueda, al menos si consideramos la insistencia en los encuadres binarios que hoy colonizan el imaginario de las izquierdas…

EP: No quiero idealizar, embellecer, ni exagerar el éxito político de estas opciones y de quienes fueron sus voceros. En cuanto a jefes de Estado se trata, muchos de ellos –sobre todo en el mundo afroasiático– consideraron la construcción nacional una prioridad absoluta y subordinaron a ella otras tareas igualmente importantes, acallando y reprimiendo las disidencias internas. Por otra parte, muchas coordinaciones transnacionales –como lo han indicado investigaciones como la de Eduardo Devés– no lograron durar en el tiempo ni producir un cambio político radical. Sin embargo, lo que merece la pena ser señalado es que durante la Guerra Fría y por fuera de las organizaciones internacionales o los jefes de Estado, la convicción de que era posible proponer vías alternativas y propias se arraigó entre intelectuales, científicos, militantes y amplios sectores sociales. Y esta convicción creó las condiciones de posibilidad para que emergieran ideas políticas y también acciones que buscaban romper con la bipolaridad del período. Porque sentirse preso de dos opciones, ambas insatisfactorias y posiblemente destructoras, es renunciar a la imaginación política y de la misma manera a la acción. Por el contrario, pensar en la posibilidad de caminos diferentes es ya imaginar esos caminos, es crear las condiciones de una acción emancipadora y no condicionada por emociones como la desesperación, la frustración y sobre todo el miedo.

Andrés Estefane
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Editor de Cuando íbamos a ser libres e integrante del comité editor de ROSA.

Eugenia Palieraki
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Historiadora y académica de origen griego. Sus investigaciones actuales giran en torno a los vínculos y conexiones globales entre los proyectos revolucionarios latinoamericanos y mediterráneos de la década de 1960.