“No llores por mi, Afganistán” o sobre los relojes y el tiempo

¿Qué consiguió en Afganistán la ocupación estadounidense? Un derrotado gobierno compuesto por una élite política corrupta con la que comparte culpas, mientras ambos quedan expuestos como impotentes e incapaces de llevar adelante un proceso de construcción nacional por su cuenta; una República títere que se desmoronó como un castillo de arena; y un renovado grupo talibán que hoy exhibe ante la comunidad internacional su versión civilizada, con una renovada y tolerante conciencia nacional. Finalmente, miles de bajas y violaciones a derechos humanos de población que se crio en permanentes zonas de guerra. Por su parte, Afganistán no ganó nada con dos décadas de ocupación militar estadounidense, al igual que no ganó nada en ninguna intervención de ningún imperio en su territorio. Los afganos han aprendido que los derechos que garantizan los imperios son prestados, y que ninguno de ellos es capaz de garantizar paz o bienestar.

por Afshin Irani

Imagen / Lápida en un cementerio para refugiados afganos con la inscripción “Afgano / 2021”, 21 de abril 2021, Van, Turquía. Fotografía de Heather Murdock.


“Sencillamente, el “Islam” y “el Occidente” no sirven como banderas a seguir ciegamente. Algunos correrán tras ellas, pero que se condene a las generaciones futuras a una guerra y sufrimientos prolongados, sin hacer siquiera una pausa crítica, sin tratar de lograr la emancipación común y la tolerancia mutua, resulta una terquedad mucho mayor que la admisible”
Edward Said[1]

 

A través de dos momentos podemos reconstruir el escenario formal en el que dimensionamos la “cuestión talibán”: el primero se produce meses después del atentado a las torres gemelas, cuando Richard Armitage, el secretario de Estado subrogante de George Bush, sostuvo una reunión con el primer hombre del servicio secreto de Pakistán, Mahmud Ahmed, con el objetivo de aislar a los talibán de la ayuda pakistaní[2]. En aquella instancia, el ministro estadounidense recibió una solidaria advertencia de Ahmed: “[La de los talibán] no es una situación de blanco y negro, tiene que entender la historia”, a lo que Armitage responde asertivamente “no, la historia comienza hoy”. El segundo momento se produce en el año 2009. En una entrevista con el semanario estadounidense Newsweek, un miembro de los talibán renovaba públicamente su compromiso con la causa guerrillera lanzando una potente declaración: “la batería de sus relojes se agotará y sus manecillas se frenarán. Pero nuestro tiempo en la lucha nunca terminará, venceremos”[3]. En estas palabras, él reformula la consigna con la que los talibán amenazaron permanentemente al ejercito estadounidense: “ellos pueden tener los relojes, pero nosotros controlamos el tiempo”. La reciente retirada norteamericana, que pone fin a 20 años de ocupación, parece darle la razón al guerrillero. Especialmente si prestamos atención a lo que ha ocurrido en las últimas dos semanas, luego de que el anuncio de retirada yankee desatara la ofensiva talibán definitiva y dejara el país, o al menos una gran parte de él, bajo su control.

Durante estas semanas quienes seguimos con atención los informes y reportes hemos visto en imágenes las dramáticas secuelas de la marcha talibán en Kabul, en donde se nos recuerdan permanentemente los estragos que significó para la población del país el período de dominio talibán en los años noventa. Por otro lado, a la hora de los balances, los agudos especialistas en los medios sacan las cuentas para las “dos partes”: en Estados Unidos, perseguidos por los fantasmas de Saigón, se vuelven a desatar los debates por la naturaleza y efectividad de su política exterior[4]; mientras que en el lado del orientalismo, la atención está puesta en el resultado de las negociaciones de los talibán con las instituciones internacionales, especialmente en el límite de las garantías que estos pueden dar en materia de Derechos Humanos y de las mujeres[5].

Así las cosas, los tiempos de la posguerra se han manejado como una sucesión de hechos que imprimen en todos nosotros un gran sentido de derrota. El fracaso de la política estadounidense se ha convertido en nuestro Weltschmerz, mientras nos muestran a las mujeres y niños afganos consumidos en los dos opios, el que viene de las drogas y el que viene del fundamentalismo (siempre islámico). Tanto es así, que mientras los más recatados se limitan a lanzar amenazas[6], los más audaces ya alucinan con el momento en que la OTAN pueda volver al país a reestablecer el orden[7]. Por otro lado, Afganistán vuelve a ser expulsado a la frontera bárbara, en donde el Islam vuelve a exhibirse como ese elemento de retraso, que impide el desarrollo de pueblos tribales a un Estado racional. En ese caso, tendríamos que admitir que, a nosotros, nos sirve más leer en negativo la consigna de Armitage: la historia de Afganistán sólo tuvo oportunidad de ocurrir realmente cuando Estados Unidos estuvo ahí. Tampoco hay que descartar quienes creen que este es un problema que sólo ha existido mientras estaba Estados Unidos en la zona, obviando que Afganistán es tristemente el único país del mundo que ha sido ocupado militarmente por el Reino Unido, la Rusia zarista y la Unión Soviética.

Lo que concluimos al detenernos brevemente en ambos momentos presentados al inicio es que estos dos son, en verdad, el mismo: la constatación de cada bando que la historia de esta accidentada nación en el centro de Asia empieza con el dominio material impuesto por sí mismo. Estas dos (im)posturas metafísicas han sido una fuente de identidad, una formación de bandos con agitación mundial. Una sublimación de la violencia que aspira en construirse en símbolo capaz de marcar al mundo (en el caso de Estados Unidos), o a Afganistán (en el caso talibán). Insistir en este “choque” que se volvió “guerra”, es caer en el mismo círculo autoexplicativo que supone que la solución a los conflictos imperiales llega con más y (en los casos más delirantes) mejor imperialismo. O en esa mirada que seguramente transformará a las “víctimas” en Afganistán en una “amenaza” cuando busque refugio en algún país ajeno.

Lo que este ensayo sugerirá en los párrafos siguientes, es la “pausa crítica” de la que habla Said, y sin pretender vociferar un “¿qué hacer con Afganistán?”, nos preguntamos por los lugares comunes que se han tomado la discusión.

 

El “nation-building” como “nation-destroying”

Luego de la improvisada retirada estadounidense, inmediatamente producida después de que el mundo entero presenciara por televisión la Blizkrieg Talibán, Joe Biden declaraba ante las cámaras que “Nunca se supuso que nuestra misión en Afganistán era construir una nación [nation-building], ni crear una democracia centralizada y unificada… nuestros intereses nacionales en Afganistán siempre fueron los mismos: prevenir un ataque terrorista en territorio estadounidense.”[8] Irónicamente, el principal adversario de una afirmación de este tipo sería el mismo Biden, pero en 2001, 2002, 2003 o 2004 cuando llegó a afirmar que “la alternativa a la construcción nacional es el caos”[9]. Este cinismo sólo es concebible cuando en la derrota aun no sabes qué perdiste. No quiero ni siquiera sugerir que la victoria de los talibanes significa que está declarada la paz en Afganistán, pero resulta notable que se haya pensado que con la presencia de Estados Unidos (o con cualquier país que ocupe el territorio afgano) se estaba más cerca de aquello. Para el sujeto islamófobo e irreflexivo que construyeron los medios de comunicación desde el atentado del 11 de septiembre hasta hoy, resulta impensable que la ocupación estadounidense haya sido fuente de más asesinatos y caos que el que los Talibán son matemáticamente capaces de lograr. Siendo que quedó demostrado frente al mundo que Estados Unidos trató, hasta la semana pasada, a más de 40 millones de personas como una masa de maniobra.

La vergüenza que produce la inutilidad de la aventura militar de Estados Unidos y sus aliados en Afganistán está estrechamente relacionada con la reescritura de la historia con la tinta de la islamofobia de los discursos que estos medios contribuyeron a crear. La banalidad de la “guerra contra el terror” de Bush, continuada por Obama, Trump y ahora Biden; fue incapaz de penetrar en las múltiples divisiones de poder, étnicas y religiosas consagradas en la historia interrumpida de formación nacional del país, cuyo análisis demuestra que el Estado afgano ha pasado por situaciones similares frente a un imperio más de una vez. Basta considerar cómo, desde el siglo XIX, en los tiempos del “Gran Juego” entre británicos y rusos, la formación nacional afgana ha sido deliberadamente obstaculizada por las intenciones de cada poder imperial. Como consecuencia, la historia de Afganistán se repite para nosotros en reversa: líderes militares con orientación religiosa sectaria desarrollan gobiernos autoritarios en los cuales se impide el paso de reformas sociales o de la modernización del país, y se reprime fuertemente a la población. Todos, menos los Talibán, deberían sorprenderse al momento de enterarse que estos son los últimos dentro de una larga lista de caudillos y señores de la guerra que, con la continua colaboración de poderes imperiales, han gobernado con puño de hierro: este es el caso, por ejemplo, del favorito de los británicos, Abdur Rahman Khan, conocido hasta el cambio de siglo como el infame y sanguinario “Emir de Hierro”[10].

Más sorpresa debiese causar escuchar la afirmación de que la instauración de los derechos civiles en el país no han llegado por vía extranjera, sino que se han consolidado y defendido más de una vez por la acción de reformistas islámicos, supuestamente grupos que los impiden: tal es el caso de Mohammad Tarzi[11], ‘padre del periodismo afgano’, cuyas influencias e iniciativas democráticas y nacionalistas le entregaron al país un período de independencia, la reforma ilustracionista de sus códigos civiles, libertades femeninas y la ansiada paz étnica. Todo mediante una interpretación de la doctrina coránica, igual de fundada que la de cualquier fundamentalista, esta vez, en los principios liberales y de autodeterminación que fueron capaces de encontrar en el Corán.

El punto es que las etiquetas del imparcial sentido común no explican nada más allá de sí mismas, y como izquierda debiésemos contar con herramientas para dejarlas deliberadamente de lado. Pues jamás occidente, ni ninguna de sus banderas abstractas le ha garantizado prosperidad al pueblo afgano, ni el islam ha sido responsable de su peor pasar. En cambio, frente al imperialismo debiésemos enfocarnos en los valores que defiende una larga tradición de praxis política internacionalista, sobre todo, en la autodeterminación. Para ello, hay otros lugares comunes que desactivar.

 

La imposible nostalgia socialista

Inentendiblemente, una alternativa equivalente a las lágrimas de cocodrilo por la debacle norteamericana ha sido la contemplación de una foto en sepia del pasado socialista de Afganistán. Los lugares comunes parecen siempre ser los mismos: bajo el período de la República Democrática de Afganistán, instaurada posteriormente a la Revolución Saur, el país le pertenecía al pueblo, las mujeres conquistaron sus derechos y este, al parecer, iba sobre ruedas habiendo superado su retraso agrario e industrial del oscuro período de Mohammad Daoud Khan.

Esta imagen está severamente alterada. Primero, porque si bien los objetivos declarados se correspondían con ella (una reforma agraria capaz de arrebatarle la tierra a los grandes terratenientes y una reforma a la propiedad del padre o del marido sobre la mujer), lo cierto es que salvo para las élites de Kabul, cuando estas consignas se convirtieron en leyes tuvieron un poder meramente nominal. Por lo demás, este tipo de reformas “desde arriba”, construidas por liderazgos militares sin apoyo popular, comenzaron a rivalizar a la población rural y a volver a activar las divisiones étnicas del país. Los mullahs, que en el caso afgano correspondían a lideres religiosos de un campesinado empobrecido, adquirieron un notable momentum en la sociedad, sobreponiéndose a la influencia de los reformistas islamistas, que solían ser hombres de ciudades con educación formalizada. El rol que ocuparon estos caudillos locales en la defensa moral del pueblo durante la resistencia ante las británicas y rusas czaristas, los llevó a oponerse por igual al cristianismo inglés, al ateísmo comunista y a la liberación de las mujeres. Los mullahs articularon la principal resistencia popular a la agenda de la revolución Saur, que tuvo que recurrir a la violencia para poder avanzar, y desde el momento en que un gobierno socialista busca empujar transformaciones sin un pueblo organizado, sabemos que está todo completamente perdido.

Primero en las montañas y en las periferias, se armó una resistencia capaz de desestabilizar al gobierno. Sumado a esto, el ejército nacional estaba conformado en gran parte por soldados provenientes de rincones rurales, por lo que muchas veces se rehusaron a tomar acciones más decisivas en contra de otras etnias. Si bien el comunismo se imponía en sectores urbanos de manera democrática, Afganistán seguía siendo un país con una sociedad tradicional, completamente dependiente de su economía rural. El conflicto escaló por el resto de la década de 1970 hasta que 1979, el gobierno desistió de formar bases revolucionarias campesinas, y decidió empezar a torturar a la oposición. Ya para diciembre de ese año el gobierno había perdido el control de casi todo el país.

El devenir autoritario de la experiencia socialista de Afganistán dividió a la izquierda en tres, básicamente entre quienes decidieron hacer concesiones a los mullahs; quienes consideraban que necesitaban ayuda de las tropas soviéticas y, por último, los que horrorizados frente a la avanzada soviética solicitaron la intervención estadounidense. Desde ese entonces, la historia es más o menos conocida[12]: la desatada guerra civil y la amenaza de que su “patio trasero” pase por una revolución islámica, tal como lo hizo Irán ese mismo año, atrajo en la noche buena del año 1979 a los tanques de la Unión Soviética a la frontera, y desde ahí en adelante, confirmando todas las sospechas de los mullahs, invadieron las principales ciudades y, una vez en Kabul, intervinieron al gobierno y continuaron con la represión y las matanzas. La intervención de los soviéticos duró casi 8 años y significó la muerte de más de un millón de afganos en combate, otro millón con severas lesiones, y más de seis millones exiliados.

A pesar de sus similitudes, la memoria de estos procesos no se justifica ni se pondera con las atrocidades de la intervención estadounidense. Simplemente tiene como objetivo impedir un cínico relativismo moral que sea capaz de activar una mirada nostálgica al pasado socialista afgano. Por otro lado, es una evidencia de que al sujeto nacional afgano lo atraviesan variables que van mucho más allá de la lucha del comunismo contra el capitalismo, y que su simplificación tiene el triste resultado de haber formado las bases del grupo talibán que, apoyado por Estados Unidos en su versión de Muyahidín, hoy conduce la restauración del conservador emirato afgano.

 

¿Contra el imperialismo o contra su ausencia?

A estas alturas, junto con Hamid Dabashi[13] nos preguntamos “¿Qué consiguió en Afganistán la ocupación estadounidense?” Y junto con él respondemos: a un derrotado gobierno compuesto por una élite política corrupta con la que comparte culpas, mientras ambos quedan expuestos como impotentes e incapaces de llevar adelante un proceso de construcción nacional por su cuenta; una República títere que se desmoronó como un castillo de arena; y un renovado grupo talibán que hoy exhibe ante la comunidad internacional su versión civilizada, con una renovada y tolerante conciencia nacional. Finalmente, miles de bajas y violaciones a derechos humanos de población que se crio en permanentes zonas de guerra. Por su parte, Afganistán no ganó nada con dos décadas de ocupación militar estadounidense, al igual que no ganó nada en ninguna intervención de ningún imperio en su territorio. Los afganos han aprendido que los derechos que garantizan los imperios son prestados, y que ninguno de ellos es capaz de garantizar paz o bienestar.

Respecto a esto, el cinismo y vergüenza de los gobiernos y ONG europeos que dicen estar preocupados por la situación de la población, especialmente de las mujeres, es agobiante, y se maneja en un límite que enlaza maliciosamente la seguridad de aquellas a la presencia de soldados en sus pueblos o ciudades. Una visión secular del conflicto muestra que no hay razón para suponer que, fuera de la zona verde de Kabul y sus tiendas de Avon, Gucci o Prada, Estados Unidos o la OTAN apoyaron a las mujeres y niñas afganas en su lucha contra el patriarcado Talibán. Es más, estos han cometido una serie de atrocidades y abusos que consisten en un extenso prontuario delictual. Como han consagrado las mismas feministas afganas[14], ellas están mucho mejor luchando contra la estupidez de los talibanes por su cuenta y no entre los fuegos cruzados entre ellos y los estadounidenses. En sociedades donde el poder teocrático se sobrepone al religioso, diversos movimientos de mujeres han conseguido conquistar sus derechos sólo asumiendo un permanente estado de lucha. Es así como las mujeres iraníes, turcas o palestinas lo han hecho, y como también lo harán las mujeres afganas. No hay razón para asumir que los Talibán, luego de ganarse una rivalidad con la mayoría de la población, tienen el camino libre esta vez.

Los afganos no prosperaron tras 20 años de ocupación estadounidense y Estados Unidos perdió en Afganistán. Esta es una derrota del imperio y no necesariamente una victoria de las fuerzas de la justicia. Pero los talibanes no son los únicos afganos, y tales fuerzas sólo pueden empezar a cultivarse en una resistencia organizada a partir de la retirada del imperio. Por nuestra parte, tal como menciona Tariq Ali[15], en vez de ponernos a esperar por la intervención del próximo imperio en Afganistán, debiésemos estar garantizando que los derechos de los refugiados sean respetados en nuestros países.

Si existe futuro para esa nación, se encuentra en la unidad en la diversidad del pueblo afgano, esa que es la única dueña de todos relojes y del tiempo, toda vez que es la única capaz de lograr, como diría Frantz Fanon, organizar un mundo nuevo mientras se desorganiza el viejo.

 

Notas

[1] Said, Edward (2001) “Hay muchos Islames” en Herramienta, revista de debate y crítica marxista VI (17). Buenos Aires.

[2] https://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/taliban/interviews/armitage.html

[3] https://www.newsweek.com/10-years-afghan-war-how-taliban-go-68223

[4] Vid. La discusión entre Hammer (https://nypost.com/2021/08/22/afghanistans-big-lesson-no-more-nation-building-ever-again/) y Butler (https://www.nationalreview.com/2021/08/reflexive-isolation-is-not-a-foreign-policy/)

[5] https://www.vox.com/22630912/women-afghanistan-taliban-united-states-war

[6] https://www.reuters.com/world/kabul-airport-situation-is-stabilising-britains-raab-says-2021-08-17/

[7] https://www.europapress.es/internacional/noticia-tony-blair-achaca-retirada-definitiva-afganistan-obediencia-imbeciles-esloganes-politicos-20210822133334.html

[8] https://www.youtube.com/watch?v=02grem9YXkg&t=132s

[9] https://www.washingtonpost.com/politics/2021/08/23/bidens-claim-that-nation-building-afghanistan-never-made-any-sense/

[10] pag. 202 https://dl.wdl.org/17693/service/17693_1.pdf

[11] https://web.archive.org/web/20110515171310/http://www.afghanmagazine.com/articles/tarzi.html

[12] https://www.wilsoncenter.org/sites/default/files/media/documents/publication/WP51_Web_Final.pdf

[13] https://www.aljazeera.com/opinions/2021/8/23/the-new-and-improved-taliban-the-us-parting-gift-to-afghanistan

[14] Visto en https://newleftreview.org/sidecar/posts/debacle-in-afghanistan. Traducción disponible en https://www.revistarosa.cl/2021/08/29/la-debacle-en-afganistan/

[15] https://www.revistarosa.cl/2021/08/29/la-debacle-en-afganistan/

Afshin Irani
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Licenciado en filosofía y estudiante del Magíster en Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile.