Cuchillo y tenedor

No se trata de exigir un paquete de medidas expropiadoras, sino de demostrar, en un plazo urgente, la capacidad de la izquierda para responder a las necesidades materiales de las clases laboriosas que protagonizaron el estallido del 18 de octubre. Juzgar a los obreros cuando se inclinan al rechazo porque tienen hambre o frío, parece más un moralismo idealista que un realismo pragmático. Sólo una izquierda que sabe mostrarse decididamente de parte de los sectores subalternos en las coyunturas de crisis capitalista puede triunfar en una situación como esta, incrementando el poder de compra y el acceso a bienes básicos de la clase trabajadora, y poniéndole límites al único sector de la sociedad que tiene –como dice el economista marxista Richard Wolff– la potestad de fijar precios y mantener la tasa de beneficio a expensas de los pobres.

por Claudio Aguayo Bórquez

Imagen / Olla común en Plaza Baquedano, 22 de noviembre 2019, Santiago, Chile. Fotografía de José Venegas.


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En su famosa carta a Franz Mehring –uno de los primeros biógrafos de Marx, erudito dirigente socialista alemán– Rosa Luxemburgo escribía que el socialismo no es “un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo”. Escrita precisamente en 1916, la carta pertenece a un momento poderoso de la izquierda marxista alemana, su ruptura decisiva con la socialdemocracia economicista –una izquierda de “cuchillo y tenedor”. La frase podría ser malinterpretada, planteando que lo que Rosa Luxemburgo quiere decir es que el socialismo no es un problema económico, sino un set de ideas, un “movimiento de cultura” –o a lo Gramsci: una reforma intelectual y moral. Sin embargo, podemos seguir una lectura diferente: precisamente porque el socialismo es un problema de cuchillo y tenedor, no puede detenerse ahí, no puede ser simplemente un tipo de transformación económica de lo social, el mero cumplimiento de una serie de cambios en la estructura de reproducción del capital para que los trabajadores tengan más carne a la hora de almuerzo.

Rosa Luxemburgo sabía que lo del “cuchillo y tenedor” era un tema complejo. Autora de una crítica a la teoría marxista clásica de la acumulación (La acumulación de capital, de 1913) no podía desmerecer el hecho de que las crisis de acumulación eran el dato natural de la reproducción capitalista. El capital, había llegado a decir en esta obra magna, no tiene más solución que la violencia ante sus propios límites. De tal manera que el hecho de que el socialismo debiese ir más allá del economicismo hacia su auto-concepción como movimiento de cultura, como concepción del mundo, no desmiente la imposibilidad constitutiva del capitalismo para responder al momento del cuchillo y el tenedor. En términos hegelianos, sólo superando el reino de las necesidades parece ser posible un reino de las libertades. La solución radical que Rosa Luxemburgo encontró a este problema fue la de enunciar el límite y la diferencia entre reforma y revolución.

 

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En el proceso de transformaciones que experimenta el Chile actual el debate sobre la inflación expresa como pocos la persistencia del problema del “cuchillo y tenedor” en los discursos emancipatorios. Sin duda que la reforma tributaria anunciada recientemente por el gobierno de Gabriel Boric es una señal contundente en favor de un cambio en la correlación de fuerzas, pero ya que se enfoca en transformaciones reformistas de mediano plazo, no alcanza a consolidar una solución coyuntural a los asuntos de cuchillo y tenedor de la clase obrera chilena. Uno de las alternativas a este problema era, desde luego, abrir el caudal de los fondos de pensiones, o entregar un paquete de ayuda económica en la perspectiva de aumentar el poder de compra de los sectores obreros. Todo se negó en nombre de los cuidados macroeconómicos y la “inflación”, señalando que cualquier aumento de liquidez y circulante dispara la inflación.

El problema no es, desde luego, que el argumento sea enteramente falso. Incluso economistas heterodoxos reconocen que al menos una parte de la inflación debe ser explicada por las presiones de la demanda interna y el aumento de circulante –los retiros, por ejemplo. Sin embargo, decir que la inflación aumenta si aumenta la liquidez de las clases populares, es de hecho insuficiente desde el punto de vista económico-político. De hecho, hacia el tercer volumen de El Capital, Marx reconoce que las explicaciones de la variación de los precios basadas en la ley de oferta y demanda son explicaciones tautológicas. “La verdadera dificultad –explica Marx– con la que tropezamos al determinar en términos generales el concepto de oferta y demanda es que parece reducirse a una tautología”. Para Marx, el problema con tales conceptos es que constituyen una mistificación de la realidad económica del capitalismo, una claudicación frente a la racionalidad de la economía política burguesa. Sólo mediante esta conceptualidad mistificada la inflación puede ser explicada en los puros términos de la oferta y la demanda. En el fondo, dicha explicación constituye una forma de evitar el ingreso al debate de ese amigo molestoso de la teoría contemporánea, la lucha de clases.

Decir que el aumento de circulante aumenta la inflación es poco más o menos como decir que tirar basura al mar destruye los océanos: constatar un fenómeno burocráticamente sin explicárselo. Por otra parte, esta mentalidad burocrática es precisamente el rasgo de los tecnócratas y las clases profesionales que se dedican a administrar el Estado, y que asumen la inmutabilidad de la reproducción capitalista como la racionalidad de sus leyes. Como señala el Lukács de Historia y conciencia de clase: “La racionalización formal del derecho, el estado, la administración, etc., significa desde el punto de vista material objetivo una descomposición de todas las funciones sociales en sus elementos, una búsqueda de las leyes racionales y formales de esos sistemas parciales tajantemente separados los unos de los otros”. La burocracia no puede sino abrazar la racionalidad de la teoría burguesa sobre la economía porque su rasgo predominante es la creencia en la inmutabilidad del presente.

La racionalidad tecnocrática y burocrática del capitalismo chileno es precisamente la teoría monetarista importada desde la escuela de Chicago, la economía política del pinochetismo. Pese a ello, tenemos que reconocer que si los precios de las mercancías aumentan, debe haber explicaciones que sobrepasen la cantinela monetarista del aumento de liquidez. Como ese debate no lo dimos a tiempo, la buena nueva de Mario Marcel ya nos tiene consumidos, imposibilitados de una respuesta distinta, reconociendo abiertamente la imposibilidad de una salida económica populista que ayude a paliar la crisis aumentando el poder de compra de los sectores populares.

 

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La alternativa entre socialismo o barbarie se acentúa, dejándonos en una suerte de knock out estratégico: sin poder asumir las tareas de una posición auténticamente proletaria, y sin poder abandonar el gobierno de las transformaciones encabezado por el centrismo y las clases medias.

Es curioso que dos autores comúnmente presentados en las antípodas tengan tanto que ofrecer para pensar la coyuntura actual de la izquierda global –Lukács y Althusser. La clave está en la insistencia de ambos en un fenómeno contradictorio, en un núcleo dialéctico del irracionalismo político de la izquierda tardía: la tendencia simultánea hacia el economicismo como “materialismo del pobre” y la “deseconomización” en tanto abandono de la última instancia anunciada por Marx en su famoso prólogo a la Contribución de 1858. Si el economicismo es el materialismo del pobre es porque considera la racionalidad económica contenida en la economía política burguesa –el monetarismo como ideología del neoliberalismo chileno, por ejemplo– como la última verdad sobre las “condiciones objetivas”. El economicismo de la izquierda chilena en el gobierno no efectúa ningún “desplazamiento de problemática”, un cambio de switch conceptual para entender, por ejemplo, la inflación o la crisis: sitúa como límite absoluto de la coyuntura lo que los discursos y las narrativas del orden neoliberal y Mario Marcel dan a entender con tanta seguridad, como si su palabra prístina y su voz tranquila estuviesen desprovistas de ideología. Por otro lado, al mismo tiempo, este mismo discurso tiende a lo que el Lukács de El asalto a la razón llama “deseconomización”, una obliteración creciente de la lucha de clases y la contradicción entre el capital y el trabajo como factores de explicación de la coyuntura capitalista. En efecto, incluso si el economicismo reivindica para sí una preocupación auténtica por los problemas “materiales” y las “condiciones objetivas” lo hace siempre desde una desestimación burocrática de la lucha de clases.

El economicismo monetarista se continúa, al mismo tiempo, en la confianza desmedida en el poder de los símbolos y en un discurso repetitivo sobre el neoliberalismo como una mera forma de gobierno, un régimen de gubernamentalidad y subjetividad, o un orden jurídico, etc. El resultado de esta confianza en el poder de los símbolos y de las formas de gobierno, se suma a una confusa sobrestimación de la tecnocracia y el gobierno como auténticas tecnologías de la transformación social, una suerte de foucaultianismo concertacionista. Tanto el economicismo como la confianza en los símbolos y los signos públicos participan de la deriva sistemática de los dispositivos de comprensión estratégica de la izquierda en una deseconomización irracionalista.  Contra ello, se debe reclamar una comprensión histórica y material de la contrarrevolución neoliberal como un proceso de acumulación por desposesión (como dice David Harvey) y de recuperación del poder clásico del capital sobre el trabajo, horadado y debilitado por la organicidad obrera de principios del siglo XX y la revolución de 1917 en Rusia. Aunque el neoliberalismo exprese un pluralismo perverso y una multiplicación de las formas de dominación y producción de sujeto, expresa una tendencia más bien propia a la reproducción capitalista con su cuota inherente de fetichismo.

 

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El proceso constituyente y el plebiscito del 4 de septiembre exigen, por otra parte, un esfuerzo de “cuchillo y tenedor” por parte de las fuerzas transformadoras y el gobierno. Precisamente en la medida en que la izquierda no posea una conceptualidad de la crisis –que durante décadas fue el marxismo– y sólo sea capaz de leer el dato experto acumulado en los escaparates televisivos y los economistas del mainstrein empresarial, la ideología monetarista y el avance de la recesión no dejarán ver que, de forma inevitable, el proceso político y el poder constituyente quedan subsumidos en la crisis, como parte de ella, y no como su solución. En cierto modo, esta situación coyuntural confirma el concepto de “abstracción concreta” que utiliza Sohn-Rettel: es la misma práctica concreta, cotidiana de los sectores populares, el acto material de su supervivencia a la crisis, la que les presenta el proceso constituyente como una abstracción, aparejada al estado y al gobierno de las clases medias progresistas. No creo –por una deformación ortodoxa– que esta “abstracción concreta” de lo constituyente en la dinámica de la crisis pueda ser resuelta por medio de una apelación al puro discurso y al acopio simbólico que compara treinta años de acumulación capitalista exitosa con los resultados institucionales de la revuelta –el estado garantista de la democracia directa y el buen vivir.

Sólo un triunfo contundente de la nueva constitución en las urnas puede proveernos de un futuro de orientación socialista, de un horizonte poscapitalista de reinvención de la política chilena y de la propia izquierda. Al mismo tiempo, ese triunfo es imposible sin hacer frente a los problemas de “cuchillo y tenedor”. En otros términos: es preciso pasar por la prueba de fuego de la crisis, por la férrea composición corporal del reino de la necesidad y la reproducción material de la clase obrera. Responder a las demandas de liquidez con el discurso monetarista de la inflación y los equilibrios macroeconómicos es renunciar a una conceptualidad propia a la crisis, al sentido no-capitalista de su gestión. No se trata de exigir un paquete de medidas expropiadoras, sino de demostrar, en un plazo urgente, la capacidad de la izquierda para responder a las necesidades materiales de las clases laboriosas que protagonizaron el estallido del 18 de octubre. Juzgar a los obreros cuando se inclinan al rechazo porque tienen hambre o frío, parece más un moralismo idealista que un realismo pragmático. Sólo una izquierda que sabe mostrarse decididamente de parte de los sectores subalternos en las coyunturas de crisis capitalista puede triunfar en una situación como esta, incrementando el poder de compra y el acceso a bienes básicos de la clase trabajadora, y poniéndole límites al único sector de la sociedad que tiene –como dice el economista marxista Richard Wolff– la potestad de fijar precios y mantener la tasa de beneficio a expensas de los pobres.

Claudio Aguayo Bórquez
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Profesor y Magíster en Filosofía, Ph.D. en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Michigan. Profesor de la Universidad Estatal de Fort Hays en Kansas.